remendar lo roto
carta de amor a una chaqueta de estrellas
El último día que pasé con una de mis amigas de otro hogar, hacía un poquito de frío. Amenazaba con llover, y el aire estaba revoltoso, de este viento intranquilo que se cuela por los recovecos de la ropa y te acaricia los tobillos si llevas calcetines bajos.
De aquella las dos nos estábamos preparando para la odisea que era la mudanza. Mi casa, vacía casi de mis cosas, todo metido en cajas, las paredes apenas sin fotos. La nevera con las raciones contadas para no desperdiciar comida, las guirnaldas en una bolsa.
En el parque había un festival de música del que ella había oído hablar. Yo le pedí si podría prestarme algo de abrigo, y ella me miró sonriente y me ofreció una chaqueta fina abombada con estampado de soles y estrellas y manchas de colores. Tantas veces se la había visto puesta y tantas veces le había halagado lo bonita que era y lo mucho que representaba su personalidad. Me hizo ilusión que de todas sus prendas me dejara esa, sabiendo que a mi tanto me gustaba. La llevé con orgullo toda la noche.
Al volver de bailar mucho y mojarnos un poco con los chubascos nos quedamos dormidas en su cama. A la madrugada sonó la alarma que nos obligaba a arrastrarnos a la estación de trenes y despedirnos, no para siempre, pero sí para una temporada mucho más larga de lo que ninguna de las dos querría.
Antes de marcharnos, me volvió a dar su chaqueta. Me pidió que me la quedara. Yo no quise aceptar; era algo tan suyo. Ella me dijo que tenía muchas imperfecciones, que la tela de las mangas se había roto; que el bajo, alrededor de la goma, estaba raído y colgaban trocitos de la capa exterior de la chaqueta. Me dijo que si ella se la llevaba, la tiraría por no estar en buen estado. Que ella la había vivido mucho. Me dijo que si me la daba, sabía que yo la cuidaría y la arreglaría con mimo, y que después me la pondría y le daría una segunda vida.
Esas palabras, por algún motivo, me llegaron muy dentro. Que pusiera su confianza en mi cuidado, aún sin tener gran habilidad arreglando ropa, me pareció un gesto de fe, de alguna manera.
Los siguientes días, cada vez que la echaba de menos, sacaba mi pequeña cajita de la costura (apenas una aguja y algún que otro hilo de color, dos imperdibles y un botón que había encontrado por ahí) y me dedicaba a coser los rotos de la chaqueta. Usaba hilo de distintos colores para cada parte de la prenda, a medida que iba descubriendo más descosidos y cortes, que no eran pocos. Sentía que en cierto modo estaba diseccionando la chaqueta, descubriendo sus secretos a medida que inspeccionaba la capa interior que no deberíamos ver, clavando el alfiler aquí y allá. Los primeros cosidos dejaban bastante que desear, eran torpes y poco mañosos. Mi poco entrenada destreza en la costura era evidente. Pero poco a poco, en el suelo de mi cuarto los zurcidos iban mejorando, poco a poco los pespuntes salían con formas más constantes. El sol entraba por la ventana perfecto para iluminar la cabeza de la aguja y que mis dedos, algo temblorosos por la nostalgia, hilvanaran el hilo verde, luego el blanco, luego el amarillo.
La goma de las mangas fue sin duda la parte más complicada. Pero yo estaba tan llena de ilusión de poder vestir el amor de mi amiga que pasé el hilo despacito y con paciencia hasta que la tela se podía sostener unida ella sola. Durante dos días, mis ojos convergían en los rabillos de las hebras, y a veces la vista se me cansaba y tenía que levantar la mirada y ojear por la ventana a la gente que pasaba por la ciudad que tanto iba a extrañar.
Cuando acabé, las costuras eran más que visibles. No era una labor perfecta -en absoluto- pero era nuestra. Eran mis manos cuidando el cariño de mi amiga. Eran los dedos con pequeñas heridas de agujas clavadas por accidente al igual que percances que habían roto la misma tela que traté de remendar. Era todas las veces que había abrazado a mi amiga en esa misma chaqueta y todas las veces que me la pondría y pensaría en ella. Y diría: mira qué chaqueta tan bonita, que era de alguien a quien quiero mucho y ahora la he remendado y es mía.
De alguna manera, cuando coso siento decenas de generaciones de mujeres a mis espaldas. Como si alguna clase de espíritu de la tradición me guiara en las puntadas. Recuerdo a mi madre cuando yo era pequeñita intentando que aprendiera algo de punto de cruz, que era una labor muy bonita, y cómo yo aguantaba un total de tres minutos antes de frustrarme y dejar de intentarlo. Veo en mi memoria a mis abuelas trabajar la máquina de coser como si fuera una extremidad más, como una parte de su propio cuerpo.
Mi abuela siempre guarda botones. En su caja de la costura hay bolsitas y bolsitas de ellos, de mil tamaños, formas y colores. Cada vez que necesito un arreglo de ropa voy a ella. En seguida entiende lo que quiero, saca las gafas y la caja de la costura y al instante se sumerge en la labor. Como si la aguja la absorbiera y la transportara a tiempos pasados, cuando cosía a diario, bordaba manteles y tejía ropa para sus hijos. Los alfileres viajando de su delantal al acerico y de vuelta a la tela. Su pie en el pedal de la máquina de coser de manera natural, instintiva. Me ha arreglado bajos de pantalones, tirantes demasiado largos, prendas demasiado flojas, telas desgarradas y prendas que han sufrido con el paso del tiempo y el uso.
Cuando se nos desgarra algo, acudimos a aquellas personas con manos delicadas y cuidadosas. Nos giramos hacia alguien que remiende lo roto en silencio, con mimo, con cariño.
El acto de remendar algo roto, de darle una segunda vida, supone una pequeña rebelión ante el ritmo insostenible de sustituir aquello que consideramos inútil hoy en día. Es un gesto de insurrección ante la necesidad de reemplazar lo roto, lo imperfecto; por algo entero, por algo nuevo. Un sacudir de cabeza ante el consumismo y una mano que se acerca a aceptar que algo defectuoso también merece una segunda oportunidad. Que todo es digno de reparar. Que merece unas puntadas, y aunque no esté como nuevo, puede perseverar.
Ojalá sigamos remendando. Ojalá sigamos pidiendo a manos seguras que nos ayuden a reparar lo que es nuestro y vale la pena cuidar.



hace ya un ratito que he leído este pedacito de Cielo y aún sigo reviviendo bien firmemente la suavidad y la fuerza con la que has reflejado tanto Amor.......... y así seguiré de ahora en adelante
Ay Ria, es de lo más bonito que he leído en mucho tiempo. Es mágico lo bien que hilas qué es el amor. Ojalá poder subrayarlo pero "cuando coso siento decenas de generaciones de mujeres a mis espaldas. Como si alguna clase de espíritu de la tradición me guiara en las puntadas" y "Que pusiera su confianza en mi cuidado, aún sin tener gran habilidad arreglando ropa, me pareció un gesto de fe" bof.